Dra. Arabella Michelén
Hay una escena que se repite en miles de hogares alrededor del mundo: mamá realiza la cita con el dentista de cada hijo, compra el cepillo adecuado para cada edad, vigila que nadie se duerma sin cepillarse, sigue las instrucciones del dentista para la familia. Lo organiza y supervisa todo. Y sin embargo, cuando se pregunta cuándo fue la última vez que ella misma visitó al dentista, la respuesta suele ir acompañada de una sonrisa tímida y un “hace tiempo que no voy.”
Esa es la paradoja silenciosa de muchas madres: son las guardianas de la salud oral de su familia, pero las últimas en cuidar la propia.
Lo que pocas veces se dice es que los seres humanos no aprenden solamente de lo que mamá les enseña con palabras. Aprenden, sobre todo, de lo que ven.
Cuando una madre se cepilla con calma, usa hilo dental como parte natural de su rutina y acude sin drama a sus visitas periódicas, está transmitiendo algo que ningún sermón puede reemplazar: el valor de cuidarse. Los niños que crecen viendo a su madre tratarse con respeto y constancia internalizan que la salud propia también importa, que atenderse no es un lujo ni un acto de egoísmo, sino una responsabilidad con uno mismo y con quienes se ama.
En cambio, cuando mamá pospone su cuidado indefinidamente, normaliza el dolor o el sangrado de encías como algo natural o quizás irremediable, no tiene tiempo ni para comprarse un cepillo nuevo, los hijos también aprenden esa lección. Generalizan que el autocuidado puede esperar, que siempre hay algo más urgente que uno mismo.
La salud no espera. Durante el embarazo y la lactancia, los cambios hormonales hacen que las encías sean más susceptibles a la inflamación. Muchas madres atraviesan esas etapas con molestias sin consultar al odontólogo, ignorando que una revisión a tiempo puede prevenir problemas mayores. Con los años, el estrés acumulado, los cambios en la alimentación y el tiempo que no se dedicaron a sí mismas van dejando su huella en la boca, que es, al fin y al cabo, el reflejo de la salud general y el bienestar.
En este Día de las Madres, la invitación es sencilla y concreta. Si son hijos quienes leen esto, regálenle a su madre algo que dure más que unas flores: agéndenle esa cita que ella sola seguirá postergando. Si es mamá quien lee, recuerden que cuidarse no las hace menos entregadas, sino mejores guías. Una madre que se cuida le enseña a su familia que la salud no se negocia, que el bienestar propio no es vanidad sino ejemplo vivo.
La sonrisa de mamá merece la misma atención que ella le dedica a todas las demás. Feliz Día de las Madres a todas las que, con cada gesto cotidiano, enseñan sin saberlo lo que significa vivir bien. Visiten al odontólogo, no solo por ustedes, sino por todos los que las observan y aprenden de cada uno de sus gestos.
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